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Lo que dicen sus pasos

21/08/2020 by admin

La tarde se enfriaba sobre los techos y el barrio se plegaba sobre sí mismo para aguantar otra larga noche. No obstante, Ema abrió la ventana para que el olor de la pintura no la intoxicara. Desde que alguien le había contado el final de la pobre Madame Bovary, ella tomaba sus recaudos. El aire helado se coló en la pieza que alquilaban con su esposo y la hizo tiritar. Unos días antes, había empeñado algunas cosas para pagar la mensualidad atrasada.
─¿Nombre? ─le preguntaron para completar el recibo.
─Ema Elsa, con una sola m.
A doña Elsa, su madre, la había cautivado la obra de Flaubert. En el Registro Civil no le dejaron poner el nombre original de la heroína, entonces, vengativa, le endilgó el “Elsa” para dejar su impronta completa. Ema nunca quiso leer la novela.
Después de ventilar la habitación, limpió los pinceles. Por la pequeña pileta de mármol se deslizaron restos de pintura verde limón. Había tomado la costumbre de pintar las flores por la mañana. Ese día, eligió una gama de colores que iba del fucsia al naranja. Más tarde se dedicó a las hojas y por la noche, las paneras de plástico baratas que ella decoraba con tanto cuidado, formaban una gran torre de arte proletario.
Miró con satisfacción el resultado de su esfuerzo, se cambió de delantal y comenzó a picar cebollas para hacer guiso. Cada tanto hacía una pausa y esperaba en silencio. Cuando el olor de la comida se empezó a mezclar con el del aguarrás de los pinceles, escuchó cómo se cerraba la puerta de chapa del largo pasillo que unía la calle con la habitación. Un momento después Esteban, su marido, empezó a subir la escalera. El cuarto que habitaban formaba parte de una antigua propiedad. En el frente estaba la casa grande, en la que vivían los herederos de los primeros dueños. Atrás, en torno a un espacio embaldosado, había varias habitaciones bastante decorosas con baño privado. La de Ema y Esteban quedaba en el primer piso. Para llegar había que subir por una escalera con peldaños de madera de algarrobo apoyados en una estructura de hierro. Por alguna razón que ellos desconocían, los escalones estaban sueltos y rechinaban cada vez que alguien los pisaba. Ema había aprendido a interpretar el sonido de los pasos de su marido. Sabía por ejemplo que la sucesión de golpecitos ligeros sobre la madera era motivada por una buena noticia. Sabía también que dos segundos o más entre las pisadas significaban que Esteban no quería llegar. Esa noche los escalones golpearon el metal a intervalos bastante largos. Al cabo de unos minutos, la cara sombría del marido emergió desde las profundidades del patio.
─¡Pero qué humareda hay acá! ─El hombre hizo ademán de abrir la ventana.
─Ya ventilé. No abras tanto que nos morimos de frío.
─¡Nos vamos a morir envenenados! ─Esteban destrabó violentamente la hoja de la persiana. Sin querer derrumbó con el brazo la pila de paneras y volcó un tarro de pintura que estaba mal cerrado.
Las cestas de plástico se deslizaron sobre la pintura roja como barquitos de papel. Los ojos de Ema se nublaron de llanto. El estupor no la dejó protestar. Entonces, ante el desastre, tomó con decisión la ollita con lentejas humeantes y volcó todo su contenido en el tacho de la basura. El marido, pasmado, miraba la escena sin reaccionar.
─Lo único que me faltaba… ─La mujer, de rodillas, trataba de absorber con un trapo la pintura derramada mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la otra mano.
El hombre se sentó en el borde la cama sin levantar la mirada del piso. Al rato, salió en silencio y se perdió por el pasillo hacia la calle. Ema se desplomó de cansancio. Tuvo un sueño intranquilo. Al otro día, temprano, recogió y trató de arreglar algunas de las piezas de plástico que todavía estaban esparcidas por el piso. El patrón pasó al mediodía como siempre y se llevó todo sin revisar. Le dejó un lote de baldes con los materiales justos para decorarlo.
─Los vengo a buscar dentro de dos días. ─dijo secamente.
Ella pensó que era una estupidez decorar un balde. También pensó que tenía que pagar el alquiler y que ahora sí tenía hambre. Los acomodó como pudo, a duras penas tenía lugar para moverse entre la cama y la mesita donde pintaba. Se sentó en su silla baja con asiento de paja, tomó uno de los baldes y lo empezó a dar vueltas como midiendo el trazo. Con pinceladas seguras, plasmó margaritas impecables. Pronto se aburrió del blanco. Se dispuso a mezclar los colores y entonces le brotaron jazmines paraguayos, de esos que empalidecen con el transcurso de los días y unas dalias azules como las del jardín de su abuela. Los colibríes con destellos verdes vinieron al encuentro y completaron el conjunto. Los ramos se esparcían por el espacio de la pieza con total libertad. Ema había creado una primavera propia en medio del larguísimo invierno que marcaba la convivencia con su hombre.
Al cabo de unas horas febriles, por fin levantó la cabeza y tomó conciencia de que no tenía pintura para terminar su tarea. Advirtió también que ya era de noche. El dolor de espalda era tan intenso que le costó enderezarse. Le ardían los ojos. La cama, la pileta, y el calentador en el que cocinaba, formaban una masa gris de límites inciertos comparada con el paisaje irreverente de sus baldes. El aire de la pieza estaba irrespirable y no tenía nada para comer.
Escuchó el ruido de la puerta de calle que se cerró de un golpe. Expectante, intentó descubrir la orientación de los pasos y los sintió nítidos, seguros. Los escalones vibraron rítmicamente junto con toda la estructura metálica. Contó: menos de dos segundos. En los instantes previos a que su marido ingresara a la habitación, Ema supo con total certeza que por fin, después de mucho tiempo, él había encontrado trabajo.

Graciela De Mary

Graciela De Mary

Escritora de Villa Ballester, Buenos Aires, Argentina.

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Filed Under: Lecturas, Narrativa

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